Fragmenfo: De la Lírica.

Esta tarde viste esos ojos que te observan, tan sencillos y silenciosos como las estrellas. Tal vez detrás de esos luceros de cielo esté lo que tanto has andado buscando entre cenizas y llamas, montañas y nieve, tratando de entender porqué los ríos corren en caudales viscosos contaminados de fango, mugre y sangre.

Sangre que bebes en los ocasos y te envenena cada noche para morir y nacer cada mañana. Luego llega el nuevo día y buscas lo que aún no encuentras sin saber qué es a ciencia cierta; agotas todas tus fuerzas hasta encontrarte nuevamente fatigado y tomas irremediablemente en la copa de cristal el trago amargo, granate, para asegurar la existencia al siguiente día.

Pero esta tarde, cansado y hastiado de lo mismo, viste esos ojos que te observaban, misteriosos, y parecían fuente de vida. Y hasta en ese instante en el que estuviste nuevamente frente al sorbo espeso y amargo, sosteniendo ante tus ojos fijos la copa de cristal, ya resignado, pensaste en regresar y buscar esa mirada liviana, esos ojos sencillos como el sí de los inocentes en medio de toda esta locura, sin estar seguro de qué hacer si acaso los encontraras. ¿Cómo podrías entrar en ellos con tus pensamientos tan borrascosos y aquellos ojos tan sencillos? Quizás si te quedaras toda la noche contemplándolos con la devota fe de esperar un milagro: que tu sed se calmara tomando, en vez de sangre, rocío. O si sencillamente murieras de frío, esperando como muchos otros lo que nunca sucedió, y abrazaras la total inexistencia, dejando para siempre este mundo, que pudiera ser solamente un sueño, y que tendrá, después de todo, un nuevo día.

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