Fragmento: de la Amistad.

11070256_10153194150489083_3576996597765834162_nCuando te conocí hace algunos años atrás en los albores de aquel invierno en estas tierras septentrionales, pensé que eras uno más de ellos. Eras alto y de rostro largo, moreno cenizo, más claro que oscuro por la falta de sol. Te diferenciabas de los demás porque sonreías conmigo, y de pronto te acercaste pausado en aquella parada de autobuses y me hablaste pronunciando un mal español: “Hola, soy Matías”. Supe entonces que eras latino pero con una mirada un poco diferente. Hablamos de Asturias y el correo coyote, de Jaraguá, de Roque, “pobrecito poeta” que era él, de la muerte de Allende y el tanquetazo, de los mayas y los olmecas, de Chiapas y el comandante Marcos, de los amerindios Kuna y de la selva del Darién, y al poco rato estábamos en un café musulmán fumando tabaco egipcio en una pipa de agua, y luego nos embriagamos a lo gitano y afloraba en ti, tropical, la poesía. Y nos cagábamos de la risa dando gracias porque no todos los días se conoce a nuevos amigos de aquellos que se cuentan con los dedos de una sola mano. Finalmente, después de rebotar de bar en bar en aquella noche bohemia, salimos abrazados de un antro filipino exhalando licor de arroz y notamos que había nevado. Ahí vi por primera vez cómo caen las diminutas espumas de hielo formando un llano blanco como una gran marqueta recién horneada de panecillo blando.

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