Fragmento: De la Guerra.

guerraCarlos Solórzano era un soldado de poca monta con un pasado asfixiante y frenético, sin pleitesías ni dogmas, y una línea de vida muy práctica. Detrás de su conducta errática había una historia triste, dolorosa en el fondo, como muchas, e inusual como pocas.

Todo empezó en un municipio al occidente de la ciudad de San Vicente, en las faldas del volcán Chinchontepec cerca de unos ausoles, que emanaban olores de azufre, haciendo que ciertas ráfagas de viento, se trajeran olores como de acidez agridulce a lo lejos, a la casa de los Solórzanos. Cuando él tenía once años y la guerrilla arrasó con un caserío completo, donde murieron sus hermanos mayores, hombres y mujeres, su padre y su madre, sus tíos y sus primos y su abuela, que terminó con las vísceras estampadas en una vieja pared de adobe derruida, de tanto plomo recibido y pegado como si fueran escopetazos de carne viva.

Iba entrando la noche y se disponían a cenar, frijoles refritos con mucho ajo y queso fresco, tortillas moradas de maicio, y café de olla en una taza de platico azul oscuro; leche de cabra servida en vasitos de vidrio, que se compraban como tarritos de jalea en las tiendas de San Vicente. Cuando de repente empezó a escucharse, entre la grilla de la noche, la reventazón de cuerpos, pues cada quien tenía su propio gemido para abandonar la vida. Su madre quiso protegerlos, a él y a su hermanito, llevándolos rápido a otro cuarto, pero todo fue muy fugaz: el pánico a lo oscuro y el temor de los sonidos macabros fueron catatónicos para Carlitos y Benito, de once y cuatro años, respectivamente, que cerraron los ojos y se apretaron uno contra otro, mientras el señor de la muerte, Balam Kíimil, danzaba eufórico por toda aquel caserío, conocido como, Los Solórzanos. Bien fuera por atender ciertos códigos de honor o para incorporarlos, luego, como brazos en armas para la causa, los dos niños no fueron asesinados.

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