Fragmento: De la Migración.

Todos compraron mochilas, de esas colegialas, tomaron entonces dos pantalones, dos camisas y un suéter; y ligeros, se fueron en diáspora, primero de Metapán al Guajoyo, de Guija a Asunción Mita; después a Sibinal, Tacaná y Tapachula; ahí se informaron como continuar para el norte con un sepulturero de migrantes que enterraba almas sin nombres y sin cruces, en un lugar donde Hitler no necesitaba ordenar ni dictar sentencias para reabrir el holocausto, donde no hay museos, ni odas, ni héroes, ni mártires.

Montaron a la bestia de lomo crujiente, ese mismo dragón de rieles que se sacude de día y de noche a sus montantes, quienes llevan la esperanza en el incierto destino que los mutila si se descuidan o se duermen. Los pobres que en él viajan acarrean miradas taciturnas que opacan los espíritus de todos los que van quedando en la ruta de Odiseo, donde Caronte no llega porque no tienen la moneda como pagar la barcaza del averno. En la noche entre el crujir y crujir de la bestia se escuchan los breves espacios de los rieles y el tronar de las ruedas de metal, los gritos de la multitud muerta, muda y sin voz, los que en el Vaticano no pueden canonizar y mucho menos los estadistas quieren ver, porque de sus almas y de sus votos ellos no viven, ni son rédito de nada; roñosos firmantes de la paz y de la auto amnistía, de la falsa reconciliación y de los dueños de la riqueza sin rebalse, de las ilusiones del nunca jamás.

Hoy en día los sobrevivientes del holocausto a más de sesenta y cinco años después, son dueños de este nuevo genocidio, cobrándose sus viejas heridas y dolencias con intereses, arriba de una cuarta parte y con la cuchara más grande, sirviéndose del cuerno de la abundancia de la cornucopia, dejándole las sobras y migajas a los bisnietos de la malinche, desfalcando a todos y repartiendo boletos del tren de la muerte.

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