Fragmento: De la Montaña.

Caminando por caminar, cruzaste sierras y valles, de día y de la noche, bajo la oscuridad del silencio de las estrellas o la luz difusa de la luna. Conociste solitario paraísos terrenales que aún no han sido descubiertos.

Caminaste en equilibrio sobre aquel filón de roca, mientras veías que a cada lado de tu rostro se deslizaba la muerte en una catarata de arena sin fin. Fuiste a visitar al gigante que escupió rojos amargos y azules viscosos, sangre ardiente, sabiduría que quemó al hombre del bien en las márgenes de la eternidad y que hoy guarda en silencio mostrando a todos su furia del bien. Y llegaste osado hasta sus barbas para ver cómo fumaba habanos el viejo solitario.

Llegaste también a un lugar de árboles antiguos y helechos gigantes, del tamaño de los más grandes conacastes, donde hay riachuelos de oro y plata corriendo en pequeñas cascadas con brillantinas doradas y plateadas que forman haces de luces como polvos mágicos diluidos en el agua, en una esfera de serenatas de codornices y faisanes. Llegaste a un lugar en donde el jaguar aún deja su olor y pasa rasgando los árboles cubiertos de musgos nebulosos. Bromelias y orquídeas colgaban en los corredores de aquella mansión verde. Tú observabas toda la escena con calma, sin prisa, y gozabas de la lluvia cernida que te caía y te congelaba hasta los huesos, mientras el pájaro-serpiente volaba sobre las copas de los árboles antiguos.

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